Por Javier González Pesce




En el marco de la Bienal SACO1.2 Ecosistemas oscuros se desarrolló el Congreso Regional. La propuesta de SACO fue propiciar un espacio para el encuentro y el diálogo horizontal e intersectorial centrado en la región de Antofagasta. Los paneles y mesas reunieron tanto a artistas visuales como a agentes del arte, la ciencia, la industria y la política.
En las mañanas se desarrollaron conversaciones interdisciplinarias en torno a la relación Arte-Ciencia y la situación de la cultura en la región; por las tardes, artistas de diversos países realizaron presentaciones en las que nos contaron sobre sus metodologías de trabajo transdisciplinario. El congreso contó además con dos actividades satélite: un taller con alumnos del Liceo de Estudios Contables y Administrativos (LECYA) a cargo del Laboratorio de Biomateriales, Biofabricación y Buen Vivir de Valdivia (LABVA); y una mesa de trabajo final donde se armó una carta con ideas fuerza sobre el futuro de la región. En todas estas instancias nos abocamos a pensar la región como un territorio rico en recursos humanos y naturales, pero en el que pocas veces ha habido una voluntad institucional de potenciar esta riqueza con una perspectiva sociocultural.



En el panel que dio inicio al congreso, Dagmara Wyskiel, directora de SACO, nos habló sobre el aporte que ha dado al región de Antofagasta al desarrollo mundial, no solo en lo económico o industrial sino también en lo cultural, poniendo de ejemplo casos emblemáticos como Guggenheim o Sloman. Esto sirvió como lineamiento para conversaciones sensibles y situadas en la región, teniendo claridad de que estábamos conversando desde un territorio del que su riqueza ha sido des-territorializada, por no decir saqueada.
La aridez del norte chileno está compuesta de una carga mineral riquísima que reposa silente bajo desiertos, montañas y salares. Es una materia que ha permitido importantes desarrollos técnicos, pero también la financiación de actividades culturales. No es exagerado decir que algunos hitos de la historia reciente del arte han estado vinculados económicamente a dineros provenientes de actividades industriales ejecutadas en la región de Antofagasta y el norte chileno. El forado que deja la industria minera en lo que se llama “minería de tajo abierto” genera, en algún lugar del mundo, una figura inversa, digamos, una abundancia (en este caso material), con escaso impacto en la región de orígen. El tren pasa por la ciudad cargando toneladas de láminas de cobre, que suben a los barcos con direcciones diversas, siendo su partida un éxodo con un incierto retorno.
Pero otra cosa que nos dejó el congreso es la sensación de abundancia aún presente. Los cielos, los minerales, así como también la cultura local y la necesidad de una oferta de actividades que haga circular este capital. Si bien hay una abundancia de valores cuantificables en la región, son pocas las instancias en las que estos son potenciados, explorados y desplegados. El norte de Chile no tiene escuelas de arte, lo que es, de alguna manera, desaprovechar la posibilidad de un diálogo sensible entre las comunidades y la poderosa realidad contextual del territorio. Antofagasta posee un capital cultural monumental, pero cuyo potencial carece de una institucionalidad que se decida a apoyar su despliegue y conectividad con una escena extensa, regional, nacional e internacional.
Las conversaciones abordaron el arraigo territorial, desde la educación, la ciencia, las artes visuales o la política; hablaron con afecto y urgencia, de un territorio poderoso pero silenciado, una región que ha sido generosa en cuanto a sus recursos con Chile y el mundo, pero que ha permanecido relativamente despojada de retribuciones. En esta comunión interdisciplinar nos reconocimos como aliados, personas que, desde nuestra especificidad, soñamos un futuro donde la región cuente con herramientas para explotar su potencial cultural y generar una identidad creativa del norte chileno.
Muchos coincidieron en que el pasado se sintió difícil y desgastante, pero también en la visión de un futuro generoso y optimista. Por una parte, porque la región puede producir ese devenir y ser un polo cultural en el cono sur. Y por otra, porque este congreso nos reunió en un encuentro horizontal y colaborativo, con una perspectiva intersectorial donde la generosidad, el espíritu crítico y la convicción de que el capital que la región produce debe tener un despliegue y articulación local.
El Congreso Regional se sintió como un momento movilizador, con la capacidad de aunar energías valiosas que hace mucho trabajan por separado. El arte, habitualmente relegado, hizo las veces de anfitrión de un encuentro que movilizó un diálogo que se siente transformador. Con mucho entusiasmo creo que es posible ver a la región reclamar el espacio cultural y simbólico que le pertenece. El encuentro nos permitió soñar con un Museo de Arte y el Universo que despliegue las múltiples riquezas de la región (tanto su capital natural como humano), y una reinstauración de una escuela de arte en el norte de Chile.
Y si bien estas ideas pueden parecer utópicas, ver a Antofagasta con optimismo y en mérito de su potencial puede hacer que estas instituciones en el futuro sean parte del paisaje cultural de la ciudad. Hay un camino trazado en el que ya se han dado algunos pasos. En este proceso, el trabajo colaborativo entre cultura, política e industria es fundamental y los resultados pueden ser muy valiosos, prueba de esto es la experiencia de este Congreso Regional.