Verónica Moreno y el arte en la vida cotidiana

Por Carlos Rendón

Verónica Moreno (derecha) junto a artistas residentas SACO.

Verónica Moreno es asistente social de profesión, pero hoy es conocida por ser la directora del Centro de Residencia para Artistas y Terapeutas “La Tintorera”, un espacio en San Pedro de Atacama que desde hace más de 5 años promueve las residencias artísticas con un enfoque holístico. Su objetivo es conectar a los artistas con el territorio desde diversos puntos de vista y áreas del conocimiento, y entregar lo que Verónica llama una experiencia “fructífera y responsable”.

La Tintorera ha sido un colaborador constante de la Bienal SACO desde el 2018, primero como sede de la residencia de “Arte y Arqueología” en San Pedro de Atacama, y actualmente como espacio de referencia en el pueblo, siendo recomendada para la mayoría de artistas que visitan la localidad. La residencia, ubicada en la periferia del pueblo, llama la atención no solo por su espacio físico rústico y acogedor, sino también por su cuidadoso acompañamiento, que permite al visitante conocer el San Pedro real, muchas veces escondido detrás de la parafernalia turística.

¿Cómo surgió la idea de crear una residencia para artistas y terapeutas, pero también para investigadores y artesanos, en un sitio como San Pedro de Atacama? Un pueblo que está lleno de residencias y hostales, pero con fines más bien turísticos.

Como muchas cosas, las ideas se van gestando con el tiempo. Vivo hace 36 años en San Pedro de Atacama, llegué acá en 1988, por un viaje que tenía que ver con mis intereses en la fotografía. Yo venía de haber estudiado en la Universidad Católica de Valparaíso y participaba de actividades extracurriculares donde hacíamos fotografía, video, teatro, talleres, encuentros y seminarios. Mi mundo en Valparaíso ya era artístico, creativo y social.

Al llegar me enamoré de un lugar que no había visto nunca. El desierto me cautivó, sentí que estaba muy ligado a mi ser, a mi esencia, a mi salud. Tomé la decisión de hacerlo mi lugar de residencia y fui acogida por la comunidad. En ese tiempo no existía el turismo que existe ahora, solo un par de hospedajes, y para salir a conocer el territorio uno tenía que ir a buscar a la persona que sabía del tema a su casa.

En San Pedro comencé a reproducir lo mismo que había hecho en Valparaíso: a invitar amigos míos, como Toño Suzarte de la compañía Caracolito, para llevar teatro a las comunidades. Conseguía recursos, alojamiento, almuerzos, alguien que hiciera de transporte para ir con la compañía a Toconao, Socaire, en fin. Lo hacíamos siempre en colectivo, con amigos que tenían el mismo interés de aportar a la comunidad, como Lorenzo Aillapán o Jordi Lloret. Era autogestión sin ningún fin de lucro, más que nada por cariño, para retribuir a la comunidad. Aplicábamos los valores del pueblo Licanantay, como el ayni, que es la reciprocidad, o la minga, que es el trabajo comunitario en grupo.

En el 2013 recibí la invitación de una residencia artística en Panamá, Art Lodge, que era muy similar a la situación de San Pedro en términos de espacio, intimidad y comunidad. Ahí conocí más el concepto de residencia artística, y vi que lo que estábamos haciendo en el pueblo era básicamente eso. Entonces con Soledad Christie, Marcela Sánchez y Ricardo Moreno comenzamos a darle forma a la Fundación La Tintorera.

Desarrollamos ideas y una visión de lo que sería un espacio para recibir artistas y terapeutas y acompañarlos en su proceso creativo. Todo esto basado en la experiencia que ya teníamos por vivir en el lugar, conocer el territorio y las comunidades. También muy inspirados en la misma comunidad indígena, que es un pueblo muy creativo y lleno de festividades. La idea era hacer de puente entre los artistas y el territorio. Enseñarles quién vive aquí, cómo se relaciona con su medio, con el agua, con la tierra, cómo son los conflictos sociales y culturales que se van dando por la migración, el turismo, la minería, etcétera. Creo que a través del arte se puede hacer una contribución y un impacto de alguna manera en lo social, en lo político, hacer una reflexión que aporte a la sanación y al vínculo entre las personas.

¿Cuál fue la primera residencia que se hizo en La Tintorera?

Las primeras fueron proyectos que hicimos con Art Lodge y con Fundación Tocando Madera de Panamá. Y bueno, por supuesto con SACO, en el 2018. Recuerdo que la primera artista que llegó a La Tintorera a través de la relación de colaboración con SACO fue Jacqueline Lacasa, de Uruguay. Después, el 2019, estuvo Natalia Pilo-Pais, de Perú. El 2020, en medio de la pandemia, estuvo Pablo Saavedra de Valparaíso, ¡que fue el único artista que tuvimos ese año!

Alejandra Montiel.

En el 2021 estuvo Sebastián Riffo, luego Roxana Ramos, de Argentina. Y Camila Lucero el 2023, chilena pero residente en Suiza. El año pasado estuvieron Alejandra de Argentina y Melisa de El Salvador. Todos ellos hicieron estadías largas en la Tintorera.

¿Te acuerdas de todos los artistas que han pasado por allí?

Sí, porque también mantengo relación con muchos de ellos. Por ejemplo con Jacqueline Lacasa, quien fue curadora de mi última exposición. Ella en particular, posterior a SACO, regresó dos veces a La Tintorera a hacer residencias, y me impulsó el año pasado a exponer mis fotografías, bordados y tintes naturales.

Las personas que han estado en La Tintorera suelen comentarle a otros artistas u organizaciones de nosotros, entonces todo ha sido muy orgánico. Podemos funcionar sin convocatorias, sin llamados a concursos; llegan nomás, por el boca a boca. Es súper grato que ocurra de esa manera, pues permite que se mantenga esa intimidad. Creo que cuando algunas cosas se vuelven demasiado masivas, se pierde esa conexión. O, mejor dicho, se va deteriorando; pasan y pasan artistas y no estableces vínculos. 

Roxana Ramos junto a Verónica Moreno.

Nuestra idea como espacio es que los artistas vuelvan, que no sea una estadía de una única ocasión. Así van profundizando y conociendo más, porque cuando vas a un lugar nuevo te generas cierta impresión, te encantas con algunas cosas, u otras no te gustan tanto. Para profundizar con un lugar, igual como ocurre con las relaciones humanas, tienes que volver y generar un vínculo.

No solo el artista aprende y se beneficia de la residencia entonces. También es un aporte para ti como anfitriona.

Por supuesto, es un tremendo aprendizaje, porque cada artista que llega a La Tintorera es un mundo para conocer y compartir. Como anfitriona establezco una relación muy cercana con ellos, que pasan 15, 20 días aquí y generamos ciertos ritos cotidianos, ¿sabes? Como tomar desayuno, almorzar, hacer talleres, reflexionar acerca de la temática de su investigación. Es un acompañamiento que hacemos juntas con Soledad Christie y también con otros colaboradores, que nos enriquece mutuamente como seres humanos.

En estos tiempos hay una visión del turismo, de la minería, del trabajo, que se centra en cuánto ganas, cuánto produces. Yo en cambio lo que más valoro es lo que nos aportamos como personas, como seres humanos que venimos de orígenes y experiencias de vida muy distintas. Hay momentos en que el residente está viviendo momentos particulares, ya sea de salud, de actualidad, o una pérdida de un familiar. Nos están pasando cosas y todo eso se refleja en lo que hacemos. En la residencia, y muchas veces también en la obra de arte. 

¿Cómo definirías una residencia? ¿Qué es lo más importante o qué condiciones crees tú que debe cumplir un lugar para ser considerado una residencia artística?

Empezando por la infraestructura, creo que es importante que el artista, cuando llegue al lugar, cuente con un espacio privado. Que tenga una habitación donde pueda recogerse y estar solo, porque es necesario ese espacio personal.

Fuera de eso, lo más importante es que el artista se sienta acogido. Que en la residencia exista una persona que haga de anfitrión, que te reciba, te acompañe, te oriente y te cuente del lugar. No que llegues y estés ahí solo. Uno puede leer e informarse del lugar, hoy todo está en el celular, pero lo personal, lo íntimo, te lo da la relación directa con una persona que te pueda contar del territorio. En esta zona particular, que es Licanantay, también nos importa transmitir el respeto que hay que tener como visitante: llegas al hogar de otro, que tiene una cultura y ciertos códigos de respeto, de solidaridad, de sensibilidad que son importantes.

Hoy, los artistas Licanantay han empezando de a poquito a mostrar su arte, con una visión distinta del arte tradicional. Es arte de la vida cotidiana, lo que a mí me hace mucho sentido. El arte está en cada ciclo agrícola, en las ceremonias que se realizan, en el textil, la cerámica, entonces está integrado en la vida, no es algo aislado. La Tintorera busca transmitir esto a sus residentes, el arte en lo cotidiano.

La Tintorera y sus residentes realizan diversas actividades culturales. ¿Ves a las residencias artísticas también como un centro cultural?

Claro. El artista que hace una residencia está observando, visitando, teniendo conversaciones con personas de las comunidades, residentes o científicos, está siempre recibiendo. Por eso es importante también el acto de retribuir. 

Esto se da a través de un conversatorio o talleres abiertos a la comunidad, en algunos casos exposiciones, u obras de teatro. Recuerdo con cariño lo que hizo Pablo Saavedra aquí, durante la pandemia, donde con mascarilla y todo nos invitó a hacer una actividad muy bonita, muy lúdica, para aprender sobre arte sonoro. También ha ocurrido que algún artista dona una de sus obras a la comunidad, o a la misma Tintorera.  Todos quienes pasan por aquí ofrecen algo.

Otra forma de retribución que impulsamos es que el artista se integre a las actividades de La Tintorera. Como es un espacio donde hay un terreno agrícola nosotros sembramos, y todo el tiempo hay que estar haciendo limpieza del terreno. Los artistas están invitados a esas actividades también, o a participar en las mingas para ordenar el lugar. Como institución también hacemos un taller de bordado colaborativo los jueves, y los sábados tenemos una tertulia literaria, donde nos reunimos con escritores residentes en San Pedro de Atacama, y ahí también participan los artistas que están.

San Pedro de Atacama y el desierto son un territorio rico en naturaleza, arqueología o astronomía, que son temas clásicos de interés para los artistas. Pero, ¿qué otras áreas del conocimiento crees tú que faltan por explorar? 

Creo que el clima del desierto es un tema interesante, porque pasa mucho con las personas, especialmente los artistas que realizan performance, que han tenido esa experiencia de contacto con el clima: exponer el cuerpo al frío extremo, al calor extremo, a refugiarse en la sombra de un chañar o un algarrobo.

También el explorar los saberes del territorio de la comunidad indígena, siempre y cuando ellos estén dispuestos a compartir y a mostrar. Creo que puede ser muy especial para un artista el integrarse con respeto y en colaboración con personas y artistas de la comunidad indígena. Estos vínculos son importantes, porque estamos en un lugar donde existe mucho extractivismo, tanto minero como de otros tipos, lo que ha generado un impacto y un resentimiento. Para establecer relaciones de este tipo hay que hacerlo desde el cariño y el respeto, con la venia y el reconocimiento del otro. 

Finalmente está el tema de la migración, donde hay mucho por profundizar. San Pedro de Atacama siempre ha tenido relación con Bolivia, Argentina y Perú, por la cercanía y porque fueron un mismo territorio, sin embargo, en estas últimas décadas, ha habido una migración de otros países latinoamericanos y de Europa también. En el caso de estos últimos, muchos son jóvenes europeos que venían viajando y terminaron quedándose por decisión propia, pero los otros suelen ser migraciones relacionadas con violencia, con problemas políticos y económicos en otros países. Creo que estas temáticas, más sociales, son clave. Más allá del paisaje, la geología y todas esas áreas del conocimiento, hay que preguntarse qué pasa con los seres humanos que habitan en el territorio.

¿Cómo te imaginas La Tintorera en el futuro? 

Muchas veces me han preguntado si va a crecer La Tintorera, o si voy a construir más. Lo que pienso y hemos conversado con los colaboradores, es que no debería crecer más.

¿A qué te refieres?

La idea es que no crezca más, porque lo que se valora y lo que buscamos es la calidad, no la cantidad. A lo largo de los años han pasado muchos artistas, pero no es el número de personas lo que nos importa, sino la calidad de las relaciones y cómo estas se pueden seguir nutriendo y cultivando en el tiempo.

A nivel de espacios, estamos construyendo nuevas áreas, como un espacio terapéutico al que le pusimos “la chocita”, donde se podrán realizar terapias, masajes, cosas así. También está el recinto del té, con inspiración japonesa. Es un espacio íntimo, de fantasía, donde ya hemos realizado varias actividades. También nos gustaría habilitar un taller, donde podamos tener ordenadas las herramientas, materiales, etc. Entonces más que crecer en cantidad, la idea es que el espacio crezca en calidad, manteniendo la idea de lo íntimo.

Me interesa que La Tintorera mantenga ese trabajo personalizado, que a veces se pierde en el deseo de que las cosas sean muy vistosas. Y que este trabajo inspire a otros en el futuro, para que haya más residencias artísticas en el lugar. Sería muy lindo que hubiese una residencia artística en distintos pueblos, en Toconao, en Peine, en Socaire, por ejemplo, siempre y cuando, como decía un amigo, los “propios del lugar” se interesen y se motiven.

Paulo Saavedra.
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