Poética y mística de ser jurado en Bienal SACO

Inés Ortega-Márquez 

Participar como jurado en una bienal internacional de arte contemporáneo es una experiencia que puede adentrarse en lo místico. Conocimiento, intuición, creencias y prejuicios propios se remecen en la confrontación con el otro en toda selección o premiación de obras y trayectorias artísticas, pero en el contexto de una bienal las variables se multiplican y las dificultades crecen por el descubrimiento de nuevas perspectivas y significados, y por la influencia de la idiosincracia y experiencias de cada cual en un acontecimiento de tal alcance, más aún si este es internacional.

Ser jurado en dicho marco es un privilegio, pero también un desafío y una responsabilidad. Un llamado a ser receptiva y sensible, y a permitir que el arte dé paso a cualquier transformación personal. En este viaje místico, intuyo que la verdadera magia no está en las obras de arte en sí, sino en la conexión que se establece entre ellas y nosotros. Es un encuentro sagrado entre la creatividad y la espiritualidad a través del cual   descubrir un universo de emociones y pensamientos que me hablan y enseñan que la evaluación depende solo de la estética y la técnica, sino también de la conexión emocional y espiritual entre la obra y yo, un diálogo silencioso que interpela mi propia experiencia y comprensión.  

  La Bienal SACO1.2 Ecosistemas oscuros propone desarrollar una reflexión sobre la relación entre arte, ciencia y territorio, con un enfoque en el desierto de Atacama como paisaje simbólico y geopolítico, y nos convoca a un viaje al paisaje interior de nuestra esencia para explorar los sistemas oscuros que nos rodean. Desde este espacio poético y experimental, en el que la oscuridad puede alcanzar el nivel superior de una fuerza creativa y transformadora, la imaginación puede fluir libremente para descubrir la belleza y la complejidad que aquella esconde.  

Muy estimulante resultó así la invitación a formar parte del jurado de la selección de obras para la intervención del histórico Muelle Melbourne Clark –hoy un símbolo de la ciudad de Antofagasta y un espacio icónico de la exposición de la convocatoria internacional de la Bienal–.  La oportunidad de acercarnos a las creaciones de artistas postulantes de todo el mundo nos permitió apreciar la calidad y el mérito de obras creadas desde escenas artísticas diversas y perspectivas insospechadas. 

 Y la nave en la cual nos habíamos metafóricamente embarcado, llegó finalmente a puerto con sus proyectos a bordo –en parte materia investigativa y propositiva, y en parte sueños y poética creativa–.  Los trabajos seleccionados aportaron una innegable frescura e interés  desde el punto de vista del arte contemporáneo, en sus  materialidades, estéticas y procesos de  creación artística. En la comunicación intergrupal se alcanzó  una circulación de ideas sobre el arte, la creación, las motivaciones personales y universales que mueven a estos artistas que vienen a enriquecer el tradicional muelle, un espacio que  presta  a la bienal una particular energía de la memoria de un territorio minero desde cuyo litoral partía antaño el salitre. Descubrimos también relaciones entre los trabajos, creando formas y diálogos, y construimos juntos, a través de sus obras, un paisaje situado que aporta a las perspectivas sobre el rol del arte en nuestros territorios.  

Conservo para siempre esa emoción casi mística que me invadió al caminar por el muelle la noche anterior a la inauguración, acabado el montaje, entre las obras desplegadas ahora en un diálogo creativo entre ellas, pero también con la ciencia, la innovación y la historia del salitre. Historia que este territorio escribió con esfuerzo y dolor, pues desde este mismo muelle se embarcaba y enviaba lejos el mineral, quién sabe si hacia los mismos países remotos que son hoy origen de estas obras,  iluminadas por las mismas estrellas que alumbraron la hazaña minera.  

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