Conexiones y sincronizaciones en torno a una curaduría

Fernando J. García Barros

[…] Me habéis preguntado qué hila el crustáceo entre sus patas de oro
y os respondo: El mar lo sabe.
Decís ¿qué espera la ascidia en su campana transparente? ¿Qué espera?
Yo os digo, espera como vosotros el tiempo. […]
Enigmas, Pablo Neruda

Nos conocimos finalmente, el muelle Melbourne Clark y yo, en un ventoso atardecer surcado de aves inmersas en trayectorias diagonales. Mis pasos se diluían ante su imponente soberbia frente al horizonte pacífico. Lo sentí como un altar-umbral listo para enigmáticos rituales, extendiendo desafiante su cuerpo patrimonial sobre el oleaje de tiempos y espacios, anhelando ser puente sereno entre la solidez matérica terrestre, el perpetuo dinamismo de las fuerzas del océano y la etérea esencia infinita del cielo. 

Ni más ni menos que como el arte mismo, pensé. Sí. Justo como ese privilegiado soporte humano de expresión, comunicación e historia difícil de definir, pero en el que algunos creemos con pasión. Buscadores de horizontes de sentido que disfrutamos identificando y creando pequeños mundos, significados prospectivos desde la acción, la reflexión, la investigación o la gestión.

Allí, solo y envuelto en vientos, cerca de ajenos leones marinos, sentí el muelle no solo como una estructura-testigo de madera y hierro, sino como membrana porosa que filtra memorias navegadas por la realidad y el anhelo, densas de trabajo, comercio, espera, partida, extracción y exilio. Su materia hablaba todavía con el crujir de los tablones, con el eco salino que se hace costra en su piel. Y por ello intervenirlo, habitar su espacio, no podía sino suponer, de algún modo, entrar en conversación con las supervivencias de pasados que nunca mueren del todo, que se reiteran haciéndose presentes en olas, corrientes, astros, miradas y respiraciones.

El rito y su sentido

Estaba allí porque tuve la enorme estrella de que la organización de SACO me propusiera ser jurado este 2025, para seleccionar junto a otros pares las siete obras que habrían de ser dispuestas sobre el muelle no como simples piezas de exhibición –sentía yo–, sino como nodos de una red ritual, cada una con el poder de reconfigurar tanto la experiencia física como el espesor simbólico del lugar. Para ayudar a interconectar-se. 

Antofagasta hasta entonces me sonaba a la fuerza generadora de SACO y a la reseca memoria de pérdidas territoriales. Poco más. Pero, como tantas veces en mi vida, me dejé traspasar por un texto que me llevase a un territorio. Una sucesión de palabras generadoras, sugerentes, –algunas nuevas, muchas resignificadas, todas inspiradoras– que nos unirían. Una posibilitadora idea expansible. Una curaduría en torno a ecosistemas oscuros que se nos ofrecía sin buscar ordenar ni clasificar, sino operando como la alquimia para mezclar memorias, materias, relatos, afectos y silencios, para activar potencias dormidas y revelar conexiones invisibles. Se trataba de un conjuro, un ejercicio de transmutación en el que el espacio deviene cartografía sensorial, y los artistas y visitantes, oferentes y testigos.

Cada obra se constituiría, de este modo, en un oráculo. Su disposición en el muelle respondería a una lógica de sincronización cósmica y marítima: alineaciones con los vientos, las mareas, los mitos, las constelaciones y las historias soterradas. Obras que, en conjunto, desplegarían un mapa que reforzara narrativamente la historia del muelle, proyectando visiones sobre el porvenir de las artes, la compleja geografía del mundo y las trayectorias humanas que lo atraviesan. 

La transmutación y su magia

La alquimia no buscaba solo la transubstanciación de metales. Era, sobre todo, el arte de transformar la conciencia. Y parece que es desde ahí que se concibió esta curaduría: como un laboratorio a cielo abierto, donde cada instalación site specific funcionara como catalizador y alambique, como materia en combustión, piedra filosofal que desvela valiosas resonancias entre lo humano, lo natural y lo invisible. 

En lo alquímico, todo proceso tiene un principio y un final, un nigredo de oscuridad –memorias ocultas– y un rubedo de iluminación –integración transformadora–. Así, en el corpus hermeticum del muelle, las obras se convirtieron también en resonantes conjuros capaces de conducirnos desde penumbras de pasados ocultos a los destellos de presentes encendidos, pasando por estados intermedios en que lo indeterminado habita. El misterio.

El muelle Melbourne Clark fue crisol. Allí las memorias históricas (la llegada de barcos, el trabajo portuario, la presencia indígena y migrante, el comercio de minerales y sueños) se fundieron con las nuevas poéticas del arte contemporáneo, generando aleaciones inesperadas, destellos que iluminaron otras formas de pensar y habitar el territorio, incluso aquel más extremo que, sin embargo, alberga vida.

Las invocaciones y su estrategia

Cada obra fue presentada como una ofrenda ritual, un gesto de dar y recibir entre artistas, espacio y comunidad. Los siete creadores: Eduardo, Fernando, Anunaran, Victoria, Debbie, Oksana y Sebastián se constituyeron en oficiantes armando, tejiendo, colocando, adhiriendo sus propuestas, que no parecían instalarse, sino consagrarse. Cada una portaba un mensaje, un secreto, una vibración que resonó con las aguas profundas y las estrellas del cielo nocturno de Antofagasta. Estas siete obras se volvieron nodos en una red ritual que convirtió al muelle en un templo efímero, un axis mundi multicapa donde confluyeron pasados y futuros, cuerpos y cosmos, mares y montañas, materiales e ideas. Como oráculos, no ofrecen respuestas literales, sino que manifiestan signos, símbolos, enigmas que exigen ser desvelados y descifrados. Así operaron las obras aquí reunidas, convocando a cada espectador a escuchar, a leer entre líneas, a dejarse atravesar por lo que usualmente permanece oculto, sumergido.

El muelle, en su carácter de altar-umbral, fue un lugar de revelaciones. A cada quien le susurraba algo diferente, un logos de sentido. Recorriendo sus tablones, observamos y participamos en un atávico rito de sincronización: pasos que resuenan con las mareas, respiraciones acompasadas al ritmo de las olas, miradas titilantes al parpadeo de las estrellas.

La comunidad y su conexión

Más allá de la fuerza de las obras y el lugar, lo que verdaderamente confiere potencia a esta curaduría y al evento en sí es la comunidad que se generó. Una comunidad de viajeros, artistas, jurados, curadores, gestores, vecinos y mediadores que se fue forjando en actos simples, pero esenciales: cocinar y comer, trabajar e instalar, viajar y aprender, juntos. Juntos. Porque, mediante convocatoria y texto, no solo se facilitó un despliegue estético, sino también un modo de trenzar relaciones que puedan perdurar tras la exposición. 

Entre mesa y muelle, viaje y fogata, miramos el cielo oscuro de Atacama, escuchamos el rumor marino del Pacífico, rememoramos la inmensidad de lo que nos rodea y la pequeñez de nuestra condición humana. Y –sobre todo– el valor de estar acá, en el mundo y en Antofagasta. Y de ser capaces de aportar, de algún modo, cartografías en movimiento, sensorialmente sugerentes. Mapas vivos, en flujo, que sigan transformándose cada vez que alguien pise los tablones, sienta la brisa marina o recuerde el conjuro que aquí se encendió. Y que no se limiten al territorio del muelle, sino que se expandan hacia el mundo, reconfigurando trayectorias artísticas, nuevas formas de mirar, de relacionarnos, de existir.

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